Microrelatos

LA QUERIA

Llevo detrás de ella toda una vida. Su vida no la mía, claro está. En este caso no hablare de la vida de Liesel Meminger, sino de ella. No diré su nombre pues como el de mucha gente, es uno más en mi lista y para los mundanos como vosotros, poca importancia tendría. Llegaría incluso a sorprenderme si alguno de vosotros, simples mortales, llegase a entenderlo.
Todo en su vida era un desastre: la familia, los amigos, las clases… todo. Así que decidí acecharla. A veces pasaba días enteros con ella, otras veces incluso las noches. Me era tan fácil no desprenderme de su lado.Tiernamente la acaricie, estaba esperando el momento. Su corazón así me lo hacía saber. 
El frio que me envuelve constantemente se hizo notar insofacto, enfriándola, emblanqueciendo su piel.
Una voz repetía sin cesar su nombre, mientras que ella, lo único que quería, era dormir. 
Ella lo sabía al igual que yo. Nadie más parecía querer darse cuenta, pues insistían en mantenerla apartada y lejos de mí. Podía sentir su lejanía así que decidí hacer algo que nunca jamás habría hecho por otra vida mundana. La arrope entre mis brazos, devolviéndole algo del frio perdido, cual madre a su bebe recién nacido.
La vida no había sido de color de rosas para ella no había príncipes azules ni caballeros de brillante armadura, también brillaban por su ausencia los buenos reyes… es decir para ella no había nada por lo que luchar, nada por lo que seguir despierta.
Pero muy a mi pesar y juraría que al suyo también, ella acabo despertando. 
Perdí esa batalla pero no la guerra, pues infinita como soy, la acecho por los rincones esperando el más mínimo destello de debilidad.

HAZLO
Desde mi posición tengo una vista perfecta del lugar: Depósitos de gasolina tan viejos que un simple golpe y se vendrían a bajo, cristales llenos de polvos que ante el descuidado dependiente se llenan de mensajes obscenos y huellas de manos. Una fachada con colores apagados y desgastados. El único toque de color en este descolorido y perdido paisaje, es el de los carteles con forma de flecha por supuesto, que anuncian descuento en comida y gasolina. ¡Vaya! Me sorprende no ver el lugar lleno ,con tal promoción. Los alrededores están todos abandonados y por el estado general de todo sería difícil de creer que alguien pueda venir por aquí. De repente una pareja de no muy buen aspecto entra a la gasolinera. El sin camiseta, con unos pantalones raídos y descalzo, le cae el cabello a mechones por la cara toda llena de cortes. Ella también dista mucho que desear. Lleva unas plataformas muy llamativas, y una falda demasiada corta para el gusta de cualquiera. El top deja muy poco a la imaginación ya que enseña casi todo el pecho. Me alejo poco a poco de su posición y como si se hubiesen percatado de ello, el chico sin previo aviso saca una pistola de detrás de sus pantalones y me apunta con ella. La chica que en todo momento esta con una piruleta en la boca, rio tontamente. Ambos huelen a alcohol y algo me dice por las marcas en sus brazos que también están drogados. -Hazlo – canturrea la chica a la vez que da saltitos alrededor de él. Y sin previo aviso el chico dispara la pistola dándome en el pecho.La chica aplaude y ríe encantada, a la vez que se abalanza sobre los brazos del chico y le da un tórrido beso. Olvidándose de mi por un momento, el chico apunta al dependiente, disparándole en la cabeza, cayendo este fulminado en el acto. Ahogo un grito de terror, tapándome la boca con la mano que tengo libre mientras que con la otra presiono la herida del pecho. La chica coge el dinero de la caja y algunas latas de cerveza y sin ni siquiera mirar hacia atrás pasa por encima del cadáver del dependiente y se marcha por la puerta. Antes de salir le susurra un par de palabras a su pareja. Ha llegado mi hora. Horrible forma de morir, no solo para mí sino para cualquiera. No pediré clemencia, no voy a darle esa satisfacción. Cierro los ojos a la vez que me apunta con el cañón de la pistola y en lo último en lo que pienso es en mis hijos. Mis hijos sentados en el coche a pocos quilometros de aquí esperando por una madre que no volverá. Mis niños...

Y la vida prosiguió para ellos, dejándola atrás como un efímero recuerdo de lo que fue.

LA PARED Y allí estaba el, frente a una gran pared de cajones incapaz de reconocer. Cuando estos se abrieron brotaron cientos de caras que alegres le sonreían, viejas cartas escritas a mano firmadas por un nombre que vagamente le sonaba... El sabia que los vagos recuerdos que aun conservaba, también viajaran lejos, como aquella hermosa mujer, de hermosos rasgos que por una dolorosa casualidad del destino era lo único que el conseguir recordar y que ya no conservaba.